Standing ovation for Vienna’s Holländer
- Clara Emerson
- 5 may
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 6 may
Der Fliegende Holländer, Richard Wagner
Wiener Staatsoper
3rd May 2026
Voices: Franz-Josef Selig, Erica Eloff, Andreas Schager, Stephanie Maitland, Hiroshi Amako,
Tomasz Konieczny, Conductor: Bertrand de Billy, Production: Christine Mielitz
Back in Vienna after a string of Tristans (as Kurwenal) in Barcelona and New York, Konieczny
here again won huge applause for a phenomenal, formidable performance as the Holländer. He was visually frightening, dressed in a deathly, hooded black cloak with a purple scar across one eye. With such apt nuances given to the words and musical phrasing in each line of the libretto, and delivered with such terrifying viscerality, one didn’t feel carried but rather compelled along through his first dramatic monologue. A clear standout in this production. Eloff’s Senta was a force to be reckoned with, too, swinging between a myriad of emotional states that takes her from outcast to possessed, from irritation and resentment to despair, and, finally, to unquenchable resolve as self-sacrificing redeemer. Anja Silja described Senta as by far the most difficult Wagner role to embody. No wonder, when this mercurial role seems almost impossible to portray convincingly. But Eloff pulled it off. From a barely-audible, sotto voce first “Johohoe!”, she hurled herself into an electrifying “Traft ihr das Schiff…”, the first of many instances showcasing the beauty and vibrancy of her upper register. Despite some problems with breath control and slips in the text that did unfortunately interrupt the action on stage, recovery was quick, and overall this was an impressive realisation of this complicated character.
Selig paired his rich, majestic voice with a fierce hunger for materialistic wealth in his Daland,
particularly convincing in the scenes with Senta where his surface-level fatherly affection was
undercut by irrepressible greed. Amako, a seasoned oratorio singer whose path began as a
choral scholar, had no trouble as Steuermann matching the volume of Selig, and sang with
expressive lyricism and unwavering intonation. These two roles were executed exceptionally
well throughout, and the scenes with Daland and Steuermann in Act I used subtle humour
through Amako’s acting that was neither overdone nor undermined Selig’s sternness.
In Act II, Maitland’s Mary commanded the stage with matron-like poise in acting and singing
alike. Schager’s bold and energetic Erik at times contained welcomed sensitivity in his singing that provoked sympathy during his warnings to a determined Senta. However, de Billy seemed to respond only to Schager’s dynamic and not enough care was taken to match Eloff’s volume, resulting in weak balance between her and Schager. Other issues with balance occasionally occurred in the tutti and loud brass sections where the orchestra overpowered the voices, both the choruses and individual singers, including a momentarily chaotic “Johohoe!” chorus (Act III) complete with an almost deafening wind machine.
The women’s and men’s choruses, however, were outstanding on the whole: excellent
intonation, rhythmically together, and extremely well-blended. Notwithstanding the balance
issues mentioned above, the orchestra under de Billy, especially in the overture, was tight, and although some momentum was lost in the tempi transitions, the energy he brought to the
orchestral passages was exhilarating throughout. It was disappointing, though, that with many wonderful moments in Wagner’s score for the brass and horns in particular, players in these sections made several slips.
This was a coherent and impactful staging from Mielitz, Eva Walch and Stefan Mayer. Two
large, towering ship structures roll onto the stage, the Holländer’s from the left, Daland’s from
the right, adding a dimension of height to the space, in front of which lie the remnants of a
wrecked ship’s timber hull. A proscenium-framed inner stage allows the Holländer and Senta to individually, at certain moments, step outside this world onto the front of the stage and thus distance themself from the other, foreshadowing their ultimate eternal separation.
Towards the middle of Act II, a third stage section, emerging from the back of the stage, comes forward for Senta to step onto, walk backwards, and place herself in the middle of a cloth-covered translucent frame that appears to be angel wings, lit by red lighting. The angelic white of her dress juxtaposed with the glowing red background is a powerful image. Perhaps slightly cliche is the rising and falling platform that raises Senta up and then down again as though descending from heaven, positioned directly behind Holländer as they sing together during “Wie aus der Ferne längst vergang'ner Zeiten”/“Versank ich jetzt in wunderbares Träumen?” Nevertheless, while this production is not especially adventurous (and certainly not provocative), it does manage to sustain a thrilling energy throughout and presents a convincing character in each role, in particular a refreshing portrayal of Senta that is certainly no easy feat. Having its premiere in 2003, Mielitz’s Holländer is clearly still a celebrated production, and despite one or two distant boos, this performance received a resounding standing ovation.
Clara Emerson





Voces: Franz-Josef Selig, Erica Eloff, Andreas Schager, Stephanie Maitland, Hiroshi Amako,Tomasz KoniecznyDirector musical: Bertrand de BillyProducción: Christine Mielitz
De regreso en Viena tras una serie de Tristanes (como Kurwenal) en Barcelona y Nueva York, Konieczny volvió a cosechar un enorme aplauso por una actuación fenomenal y formidable como el Holandés. Su presencia resultaba visualmente inquietante, vestido con una capa negra con capucha de aspecto mortuorio y una cicatriz púrpura cruzándole un ojo. Con matices tan precisos en el texto y en el fraseo musical de cada línea del libreto, y transmitidos con una visceralidad aterradora, el espectador no se dejaba llevar, sino que era prácticamente arrastrado por su primer gran monólogo dramático. Sin duda, uno de los puntos más destacados de la producción.
La Senta de Eloff también fue una fuerza imponente, moviéndose entre una multitud de estados emocionales que la llevan de marginada a poseída, de la irritación y el resentimiento a la desesperación y, finalmente, a una resolución inquebrantable como redentora sacrificada. Anja Silja describió a Senta como, con diferencia, el papel wagneriano más difícil de encarnar. No es de extrañar, cuando este personaje tan voluble parece casi imposible de interpretar con convicción. Sin embargo, Eloff lo consiguió. Desde un primer “¡Johohoe!” apenas audible, en sotto voce, se lanzó a un electrizante “Traft ihr das Schiff…”, el primero de muchos momentos que mostraron la belleza y vitalidad de su registro agudo. A pesar de algunos problemas de control de la respiración y ciertos deslices en el texto que, lamentablemente, interrumpieron la acción escénica, su recuperación fue rápida y, en conjunto, ofreció una interpretación impresionante de este complejo personaje.
Selig combinó su voz rica y majestuosa con una feroz avidez por la riqueza material en su Daland, resultando especialmente convincente en las escenas con Senta, donde su aparente afecto paternal se veía socavado por una codicia irreprimible. Amako, un experimentado cantante de oratorio cuya trayectoria comenzó como coralista, no tuvo dificultades como Timonel para igualar el volumen de Selig, y cantó con lirismo expresivo y una afinación inquebrantable. Ambos roles estuvieron ejecutados de forma excepcional, y las escenas entre Daland y el Timonel en el primer acto incorporaron un humor sutil a través de la actuación de Amako, sin exageraciones ni detrimento de la severidad de Selig.
En el segundo acto, la Mary de Maitland dominó el escenario con porte matronal tanto en la actuación como en el canto. El Erik de Schager, enérgico y decidido, mostró por momentos una sensibilidad muy bienvenida en su interpretación, generando empatía en sus advertencias a una Senta decidida. Sin embargo, de Billy pareció responder principalmente a la dinámica de Schager, sin prestar suficiente atención al volumen de Eloff, lo que provocó un desequilibrio sonoro entre ambos. También se produjeron problemas de balance en algunos tutti y en las secciones de metales fuertes, donde la orquesta llegó a imponerse sobre las voces, tanto del coro como de los solistas, incluyendo un momento algo caótico en el coro de “¡Johohoe!” (Acto III), acompañado de una máquina de viento casi ensordecedora.
No obstante, los coros masculino y femenino fueron, en conjunto, sobresalientes: excelente afinación, gran cohesión rítmica y una mezcla sonora muy lograda. A pesar de los problemas de equilibrio mencionados, la orquesta bajo la dirección de de Billy —especialmente en la obertura— sonó compacta, y aunque se perdió algo de impulso en las transiciones de tempo, la energía que imprimió a los pasajes orquestales resultó emocionante de principio a fin. Fue una lástima, sin embargo, que en muchos de los momentos brillantes de la partitura de Wagner para metales y trompas se produjeran varios deslices.
La puesta en escena de Mielitz, junto con Eva Walch y Stefan Mayer, fue coherente y de gran impacto. Dos grandes estructuras de barco se desplazan hacia el escenario —la del Holandés desde la izquierda, la de Daland desde la derecha— aportando una dimensión vertical al espacio, mientras que en primer plano se encuentran los restos del casco de un barco naufragado. Un escenario interior enmarcado por un proscenio permite que el Holandés y Senta, en determinados momentos, salgan de ese mundo y se sitúen en la parte frontal del escenario, distanciándose así del resto y anticipando su separación eterna.
Hacia la mitad del segundo acto, una tercera sección escénica emerge desde el fondo y avanza hacia el frente para que Senta suba a ella, camine hacia atrás y se sitúe en el centro de una estructura translúcida cubierta de tela que sugiere unas alas de ángel, iluminadas con luz roja. El blanco angelical de su vestido, en contraste con el fondo rojo brillante, crea una imagen poderosa. Quizá algo tópico resulta el uso de una plataforma ascendente y descendente que eleva a Senta y luego la hace descender como si bajara del cielo, situada directamente detrás del Holandés mientras cantan juntos “Wie aus der Ferne längst vergang'ner Zeiten” / “Versank ich jetzt in wunderbares Träumen?”.
Aun así, aunque esta producción no es especialmente arriesgada (ni mucho menos provocadora), logra mantener una energía emocionante a lo largo de toda la representación y presenta personajes convincentes en cada uno de los roles, en particular una interpretación de Senta refrescante, lo cual no es tarea fácil. Estrenada en 2003, la producción de El holandés errante de Mielitz sigue siendo claramente muy apreciada y, pese a algún que otro abucheo aislado, esta función recibió una entusiasta ovación en pie.
Clara Emerson




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